sábado, 2 de mayo de 2015

Cohecho de amor.

A Ian le compré su primer juguete. Da la impresión que quiero llegar antes que toda la gente que le quiere, y a mí más. ¿A quién quieres más? (Eso no). Qué curioso. Pero hay más: a mis hijas les pago el teléfono para que me llamen. A mis amigos les saludo y a mis amigas las adoro. De lo que deduzco que hacer el bien para mí es una actividad comercial sino una extorsion para acabar en decepción. Ian no me regala una sonrisa al verme si no le llevo a Les Seniaes que es gratis. A mis hijas se les olvida llamarme y para ellas el teléfono también es gratis. A los amigos que saludo ni me ven y mis amigas que adoro e invito a café y pastas de té me dicen no que llego tarde... “Nosotros, los que sabemos lo que Dios quiere, no debemos pensar solo en lo que es bueno para nosotros mismos". Pablo en Romanos 15. Pablo lo tenía fácil: "copiar y pegar", pero nosotros, los que no sabemos... 

Uno se hace viejo y se vuelve más inseguro. De joven el bien es superior al mal y de viejo lo contrario y afecta a todo. Y eso que solo pedimos atención, y un beso y una sonrisa. Ser viejo nos aleja de los demás. Caminamos más lentos y ni sonrisas ni besos ni buenas madrugadas. Por una mirada de soslayo, ay. El mundo no quiere viejos. Y eso que el bien no deja a nadie indiferente. Del refranero popular "haz bien y no mires a quién". Al amor no le pega el cohecho.

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